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Los gestos de amor

Los gestos de amor, la biología, la genética y la salud biopsicoemocional.

Extractos de un Capítulo del Libro : “Navegando en las Aguas del Amor”, de M.P. Pocaterra

La gestualidad, los gestos, son acciones que los seres humanos y los animales de las familias mamíferos y aves, usan para demostrar una emoción, una intención o su afecto hacia otro ser.

La gestualidad es una forma de comunicación no-verbal muy rica, y a nuestro entender más veraz que la palabra hablada o escrita. El lenguaje corporal acciona muchas veces sin pasar por el tamiz de la mente, que regula y selecciona la información. En los gestos se usan acciones físicas que intentan comunicar un importante mensaje para quien lo emite. Si tales gestos van aunados a la palabra, entonces se enriquece el mensaje, pero no por ello el “gesto” deja de ser más o menos efectivo.

En todas las culturas abundan los “gestos” que indican sin palabras, intenciones y acciones que se quieren tomar. Los “gestos de amor” con su accionar le hacen sentir al objeto de los mismos, ese sentimiento de pertenencia y sentido vital.

El “amor” es la emoción excelsa de lo humano.

El primer amor
Nuestra madre o cuidadora o cuidador en nuestra primera infancia, es el espejo fundamental del amor, cuyo reflejo nos acompañará toda la vida.

Esa madre o figura supletoria parental, será nuestro primer vínculo importante, y a partir de él aprenderemos a ser amor, o a no serlo. Dije a ser amor, es decir, a ser uno con el sentimiento de amor. O si no fue eso lo que chupamos del pecho materno, metafóricamente hablando, entonces será la odisea de nuestra vida entenderlo y encontrarlo.

Importante es aclarar, que con pocas excepciones, toda mujer está fisiológicamente equipada para sentir amor por su cría, sus hormonas la preparan para protegerlo y acunarlo hasta que pueda independizarse. Somos dentro de la familia de mamíferos los que tenemos la crianza más prolongada. Ningún cachorro es más indefenso que el humano al nacer. Además del aspecto neurofisiológico mediado por hormonas y enzimas, está la cultura y creencias de esa cultura.

La cultura genera expectativas y conductas que son las esperadas en la maternidad. El mismo proceso del parto varía de una cultura a otra, en unos en un hecho privado, mesurado y sin espavientos, en otras es requerido el drama, los gritos, el llanto, para ser la madre que se espera en el momento de parir. También se espera de la madre el amor incondicional e inmediato de la criatura y hay estudios que demuestran que no es así. Algunas mujeres inclusive sienten rechazo por la criatura, pero se inhiben por temor a la censura. Sin embargo, el bebé siente instintivamente, lo que siente la madre. He allí que observamos bebes que lloran mucho sin razones orgánicas aparentes, o no duermen bien, o no comen lo suficiente, etc. La devoción y amor o su ausencia las percibe el bebé de forma instintiva.

Además de la hechura biológica determinada por la herencia y contenida en el ADN, el bebé capta las emociones de su madre, el ha estado en sus entrañas 9 meses.

La herencia genética se manifiesta o no, acorde al medio ambiente físico y emocional. Hay circunstancias benéficas donde el alimento nutricio y el emocional son dados en dosis adecuadas, hay cariño sin sofocación, hay alimento apropiado y a la hora, hay espacios higiénicos para crecer, lo que propicia el crecimiento del organismo en su mejor capacidad. Pero a veces, fallan algunos de estos elementos en el proceso y ello incrementa la irrupción de factores genéticos adversos, que a su vez alteran el desenvolvimiento emocional del sujeto en cuestión.

El amor de una figura materna hacia el bebé no solo debe ser cálido, gentil y constante, sino dado desde una zona de confort emocional, es decir, la madre debe amar al bebé por el bebé mismo. Es una vida nueva que ella alienta a desarrollarse en plenitud. Pero cuando ese bebé es endilgado con significados de necesidades emocionales de la madre, allí comienza la distorsión del sentimiento de amor, para ese bebé.

Es frecuente utilizar a los bebes para tratar de llenar los vacíos existenciales de las personas. Un hombre distante como pareja, el sentirse sola y carente de valía por sí misma. El encontrar en el bebé la razón de su existencia, sin entender que es una existencia aparte, y así muchas formas de usar a ese nuevo ser para llenar expectativas, que luego serán un enorme peso para la realización personal de esa criatura en su edad adulta.

Aquí, el mayor “gesto de amor” de una madre, es criar amorosamente sin motivaciones ulteriores a ese nuevo ser y darle las utilidad des de auto valía para que encuentre su camino. Por razones biológicas los hijos sobreviven a los padres, entonces, hay que prepararlos para ello. El “gesto de amor” máximo es dar generosamente las utilidad des materiales, cognitivas y morales para que la libertad de ser pueda lograrse.

A partir de esa primera experiencia, la de ser hijos, aprenderemos los gestos de amor que marcarán nuestras vidas. Entendiendo siempre que cada ser humano es único como su huella dactilar y en consecuencia, interpretará los cuidados o abandono a su manera particular. Por estudios sabemos que hay patrones de conducta, pero en última instancia el ser humano tiene albedrío.

Ese gesto de amor primario está basado en el hacer por el otro, en su etapa frágil, sin esperar nada a cambio. O al menos es lo que esperamos sea en el mejor de los casos.

Hacer por el otro

Es en el “hacer por el otro” donde está mi entrega de amor. Un refran castizo de mi madre, que recuerdo muy bien es “obras son amores y no buenas razones.” No es lo que te digo, sino lo que demuestro con mis actos lo que me habla de amor. Y eso me marcó. Para mi amar es servir.

Compasión es servir. Es amar no de palabra, sino de hechos. Encontré en la ayuda al prójimo una razón para aliviarme del dolor que me producía ver el dolor de otros. Los estudios me orientaron a la salud y la investigación, a la par de la docencia. Encontré en esos campos la posibilidad de ayudar de manera directa a quienes sufrían. Pero, en ese devenir me olvidé de mí. El olvidarme de mi implicó perder salud al darle prioridad a los otros, cuando en realidad la que primero debía sanar era a mi misma. Me llevó años entenderlo y muchas, pero muchas heridas emocionales con consecuencias en mi organismo, causadas por personas a las que le permití aprovecharse de mi. Sin embargo, era necesario vivir esas experiencias, ello me permitió aprender y mucho, respecto a los “gestos de amor”.

Sino me amo no amaré.

El primer “gesto de amor” lo absorbemos de la madre y luego a medida que nos hacemos adultos, lo sano es encontrarse y amarse a sí misma/o. No podemos amar a nadie, sino nos amamos a nosotros mismos, no en el sentido narcisista, no, amarse y aceptarse en toda la humana dimensión, en sus miserias y sus grandezas, esas que todos tenemos. Sabiendo poner límites, es decir, te amo, te apoyo, te aliento, pero si decides tirarte al abismo, no me arrojaré contigo. Los límites son los necesarios linderos dentro de los cuales se edifica mi autoestima.

Vi en mis dos padres, ejemplos de sacrificio y negación de sí, y por varios años fue lo que hice. Pero pude reencontrarme y entender, que mi principal “gesto de amor” es hacia mi misma. Sino me amo, no amaré a nadie. En realidad sino nos amamos, a los que creemos amar en realidad son seres que nos sirven de excusa a nuestras necesidades emocionales, que utilizamos para justificar nuestras existencias.

El mayor “gesto de amor”

El mayor “gesto de amor” es mirarnos de frente al espejo de nuestra consciencia sin las excusas, ni justificaciones que usualmente abundan en nuestra cultura, y las internalizamos haciéndolas propias, donde se glorifican roles, como el de la madre o padre abnegado, el de la mujer humilde y resignada, el del hombre que sino es económicamente exitoso es nulo y tantos otros, que no son sino distracciones al “gesto de amor” esencial de todo ser humano. Nuestra vida no es solo para dar vida a otros y sostenerla, eso es solo un aspecto de nuestra existencia. Se vive para transitar el camino de regreso al Origen, a eso que llamamos Dios.

El regreso al Origen es el mayor “gesto de amor” de todos. Y además de hacerlo con nosotros mismos para fortalecernos espiritualmente en el proceso, debemos alentar y nutrir las vidas de otros que estén en nuestro camino. Que de hecho no por casualidad los encontramos. Tender nuestra mano y nuestra alma a quien encontremos en esta vía hacia el Origen es, a mi parecer, una obligación moral fundamental.

El “gesto de amor” es hacer, hacer por ti y a partir de allí por los demás. Por ello, hablar de amor solo con dulces palabras, para quizá lograr una satisfacción pasajera, son solo sonidos vacíos enunciadas en nombre del amor. Son los gestos oportunos, compasivos y generosos los que están repletos de ese sentimiento maravilloso que llamamos amor.

Yo te amo y en consecuencia dime ¿cómo quieres que te lo demuestre?

M.P. Pocaterra